Qué tristeza.
Lo tuyo debe ser epigenética, me dice Uma. Nacer con el ADN predispuesto a sentir la mayor parte del tiempo tristeza en cada una de tus células. Aunque no lo parezca.
Se habla mucho de la tristeza y a la vez, muy poco. Nos damos palmaditas en la espalda por mostrar sonrisas a pesar de todo. Nos llenamos el calendario para no darle espacio a existir y luego nos preguntamos por qué tanta presión en el pecho. Hacemos sin parar apología de la felicidad vendiéndonos remedios y obligándonos a cumplir con planes, dietas, rutinas de entrenamiento y largas listas de hobbies para no caer en el desasosiego.
Socialmente lo raro es sentir aflicción, lo común debe ser estar bien. Por eso algunas personas – muchas – se sienten extrañas, ajenas a la normalidad y la tristeza se convierte en tabú. Hasta que una tarde de vinos con una amiga le cuentas que no consigues desprenderte de esa sensación tan incómoda aunque tu vida esté bastante bien, te sientas agradecida, afortunada y ella te confiese que siente lo mismo. La tristeza no tiene nada que ver con que tu vida sea una mierda o sea maravillosa.
En 10 posibles razones para la tristeza del pensamiento, George Steiner apunta como culpable al pensamiento: pensar te hace consciente del mal, de la violencia estructural del mundo; de su propia finitud, y también de la de las cosas: del tiempo, de la muerte. Pensar es un acto trágico. Pero no pensar sería peor.
Entonces, ¿estamos tristes porque lo único cierto es que un día todo acaba? Según Unamuno, la tristeza nace del conflicto entre razón y deseo de eternidad, no es un estado de ánimo sino una estructura del existir. Es decir, querer curarnos de la tristeza sería como desaparecer, justamente lo que intentamos que no ocurra. La tristeza entonces, mueve el deseo de vivir.
Me pregunto cuántos terapeutas han reflexionado sobre esto. Mis sesiones de psicoanálisis empezaron por buscar el profundo dolor que sentía dentro, quizá ese dolor venía de no entender mi propia tristeza. Otro psicólogo me dijo que la tristeza era una emoción a la que podía saludar, abrazar y despedir, que podía venir e irse.
Es difícil interactuar con las tristezas de los demás, incomodan. Pensamos que es algo que tenemos que arreglar, pero solo tenemos que sostenerlo. Como sostenemos la mirada observando el mar, las plantas floreciendo, la lluvia cayendo fuerte, la nieve derritiéndose en primavera. Como abrimos los ojos ante las películas que acaban bien y las que acaban mal, las pinturas negras de Goya o El Jardín de las Delicias de El Bosco.
Es justo ese jardín: el espacio entre lo bonito y el horror, el deseo de permanecer y la verdad de la muerte.
La tristeza es el milagro que hace la vida posible. Y una de las formas más honestas de la belleza.


